Llueve. El agua emana mágicamente simulando
cascada, pero en vez de brotar desde el centro de la tierra, surge del infinito
espacio. ¿Quién la enviará?
El misticismo envuelve a la tarde y la
nostalgia, espíritu incansable, se escabulle como vapor que penetra los poros y
se torna actitud.
La brisa envuelve las formas que encuentra a
su paso y la sacude levemente, como para mantenerlas despiertas.
El aire húmedo ingresa en forma lenta y
prolongada provocando un suspiro. Habiendo declarado la vida en soledad, la
mente busca anclajes para dibujar los recuerdos.
Las huellas son necesarias para que se
conozca por dónde hemos transitado, con qué sonidos nos hemos deleitado y hasta
qué profundidades hemos llegado.
El lento caminar produce cierto disfrute a
cada paso. Sin volver la mirada puede saberse que en cada avanzar se marcó el
camino. Volviendo la mirada, observamos que, como estela emanada de la fragante
rosa, vamos despertando al mundo de las sensaciones.
Las gotas cristalinas caen unas sobres otras.
Algunas rebotan en las hojas y vuelven a partir en diferentes direcciones, pero
luego tienden a juntarse nuevamente.
El acto repetitivo incita a pensar: una gota
junto a otra gota y otra más, se transforman en un hilo de agua, que se une a
otros hilos formando un torrente, que junto a otros torrentes desembocan en el
río, que junto a otros ríos van a volcarse al mar.
Así duerme el genio, esperando la gota, que
se una a otra gota y lo haga despertar.
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