sábado, 21 de marzo de 2015

lunes, 2 de marzo de 2015

Diario

Día I


Es domingo. Desperté como todos estos días en que casi no dan ganas de despertar. No pude resistir la idea de no verte más y luego de atinar hacer montones de cosas, me encontré una vez más no haciendo nada más que pensarte.
Entonces tomé el teléfono, marque los siete dígitos que me acercan a ti y el tubo comenzó a sonar.
Del otro lado una voz alegre me dijo ¡Hola!, qué alegría sintió mi corazón al escucharte, eras tú, era tu voz, era tu fuerza…
Apenas pude decir un temeroso hola, y noté tu voz disminuyendo en  su energía.

El dolor me penetraba nuevamente, pero me sobrepuse para poder seguir hablándote. Tenía que hacerte saber que si nos veíamos una vez más, podríamos.
La charla dio varias vueltas y la idea de vernos rondaba en mí todo el tiempo. Tu negativa me destrozaba pero no podía dejar de insistirte.
Luego de recorrer la extraña rutina que tenemos, en la que salen a flote los reclamos y los dolores, concretamos vernos.
Las horas morían crucificadas en el reloj y la agonía era eterna, me hubiese gustado saltar las horas y ya estar frente a ti, pero claro, eso sólo sucede en los cuentos.

Faltaban minutos y comencé a prepararme para verte. Mi cuerpo temblaba mientras pensaba que no debía mostrarme así ante ti. Parecería una loca y decidirías no volver a verme. Respiraba hondo mientras trataba de coordinar los movimientos para salir de la casa y manejar el auto hasta el lugar pactado.
Manejé despacio y me ubiqué en un costado de la estación donde íbamos a encontrarnos. Claro, llegué primero y  traté de no dejar que mis impulsos me dominen.
Mis ojos no se despegaban del reloj, que parecía no querer marcar el nuevo minuto.
Puse la radio y busque música, saqué fotos con mi celular, ya no podía más… Habían pasado diez minutos y no llegabas. Decidí enviarte un mensaje: “ya estoy”
Respiré profundo nuevamente y decidí esperar a que llegues. Seguí jugando con mi celular, sacando fotos, mientras seguían pasando levemente los minutos y nada.
Tomé nuevamente el teléfono y controlé si el mensaje había sido enviado. Qué sorpresa ver que el envío había fallado, entonces con apuro lo reenvié, dejando el teléfono en el asiento de acompañante, no quería ni tenerlo en mis manos, temía el silencio, la no respuesta, el no.
Pasaron pocos segundos cuando empezó a sonar. Me estabas llamando. Atendí con apuro y tu voz me decía que te habías dormido y que ya ibas, te ofrecí ir a buscarte pero dijiste que no, que ya llegabas.
Y así fue, pasaron pocos minutos y vi tu auto a la par del mío. Dijiste ¡Hola! Vamos más adelante, y te seguí hasta la ubicación que elegiste. Bajaste de tu auto y subiste al mío.
Te miraba parado allí, entrando a mi auto, sentándote a mi lado, como tantas veces, parecía como que nada había sucedido entre nosotros. Y me sentí segura otra vez.
No te acercaste a darme un beso y, no me animé a moverme. Sólo te miraba y deseaba que alguna palabra surgiera de mi boca, algo que te hiciera sentir seguro, como yo me sentía con tu presencia.
Hablamos de la familia, de los teros y sus nidos, de la rutina de ejercicios que hacías, de la vida sucedida en ese lapso de tiempo en que no nos vimos, mientras mis ojos observaban tu piel, tu cara tapada de anteojos, tu remera blanca a rayas negras, tu cuello y los bellos que comenzaban a crecer de tu nuevo corte de pelo. Hablamos de mecánica, miraste el motor de mi auto, y nuevamente volvimos a compartir el mate que era lo único que acercaba nuestros cuerpos, al pasarlo de mano en mano, mientras seguía mirándote, como una nena boba que mira al vendedor de helados en el parque.
Ya estaba terminando la tarde y una llamada que habías recibido me alejaba de vos nuevamente. Debías irte, alguien te llamaba. Dijiste que debías irte y entonces te pedí un beso.

A cambio comenzaste a hablarme, a expresar tus sentimientos y lo mal que te sentías. Y esa presión en mi pecho otra vez surgía. Sabía que no debía llorar pero no podía contener mis lágrimas y te expresé mi deseo de hacerte bien, de no sentir dolor, de disfrutar todo lo que nos merecíamos. Dijiste que, quizás el vernos no tan seguido podría ayudarte y  ayudarme, eso me dio una alegría inmensa y comencé a sonreír, pero las lágrimas seguían brotando con fuerzas.

¡Si supieras mi amor que lo daría todo para hacerte feliz, si lo supieras! Pero sé que ahora no es el momento de decírtelo, sé que me debo contener con todas estas ganas de amarte que tengo, sé que debo esperarte a que nuevamente te sientas bien a mi lado.

Nuevamente dijiste ¡Me voy! Y entonces nuevamente te pedí un beso. Te acercaste, nos besamos muy despacio, una, dos, tres veces, pequeños besos tímidos, hasta que no me pude contener y te besé con toda mi pasión. Sonreíste, como los hacías cuando algo te gustaba y me sentí feliz.
Bajaste del auto y te pedí que me guíes al cruzar la ruta de vuelta, entonces te seguí.
Tomamos el camino de vuelta y yo iba detrás de ti hasta la desviación que tomo para volver a mi casa.
Al tomar la otra calle vi que encendías tu guiño derecho en señal de despedida y sonreí con el alma, mientras bajaba la calle que te separaba de mis ojos, aunque seguías de mi corazón.