lunes, 13 de septiembre de 2010

Pensándote

  Me despierto. Casi en un estado de somnolienta inconciencia mis ojos aún no logran despabilar la mañana. Siento en mi cuerpo vestigios de una noche, en que las horas deberían haber reparado el cansancio para emprender otra jornada, pero no fue así.
  Comienzo a pensar en los motivos que hacen mis noches sin descanso y de algún lugar remoto afloran recuerdos que creía olvidados.
  Antes soñaba, soñaba cosas inimaginables, sucesos que sólo pueden ocurrir en ese mundo de ilusiones;  y los vivía a pleno, con la seguridad y la magnificencia que sólo ellos dan.
  Soñaba elevarse mi cuerpo como si fuera una sutil hoja de papel y sintiéndome succionada por el espacio comenzaba un viaje, mientras podía divisarme sobrevolando la ciudad, esquivando cables de luz, árboles y edificios a gran velocidad,  la adrenalina corría por mis venas; luego llegaba  a un gran campo verde y allí mi vuelo se tornaba mucho más placentero y descansado, podía experimentar la brisa suave como caricia, oler los frutos del campo y la hierba, sentir dentro de mi corazón una paz inconmensurable.
  Caigo en la cuenta que no recuerdo haber soñado en los últimos años. Empiezo a pensar entonces,  que la relación con el cansancio puede darse por ese motivo.
  ¿Por qué se deja de soñar?
  No encuentro respuestas.
  ¿Por qué se pierde la capacidad de soñar despierto?
  No lo sé, pero qué lindo era cuando podía encontrar a flor de piel mis fantasías y mantenerme con ellas por momentos, tal vez escapando de algún viaje incómodo en algún apretado colectivo.
  Recuerdo entonces cuando la abuela me contaba esos cuentos que inventaba  o cuando aprendí a leer y comencé a descubrir el mundo subyacente que de un libro se desprende;  entiendo que la literatura tiene mucho que ver con los sueños. Si bien entretiene, también  motiva; despierta en el alma las emociones.
  Sin encontrar muchas respuestas, decido abandonar mis pensamientos y refugiarme en un libro. Desprendo al azar uno, de la amontonada hilera que duerme en un estante. Me ubico en un lugar cómodo y abro sus páginas.  Hay un señalador que se asoma entre las páginas, lo busco para ver qué es lo que indica. No puedo descubrir qué señala porque me quedo pasmada mirándolo, tiene la imagen de un ave que vuela alto en un cielo azul y una frase que dice: “Nunca dejes de soñar”.